Estimados lectores,Nos ocupa hoy el discurso teórico que se le consagra al olfato, portador de toda una red de fascinantes entredichos y misteriosos atractivos.
¿Qué hay detrás del discurso higienista que valoriza simbólicamente la blancura de la tez y la ausencia en la atmósfera de la propia presencia y la de nuestros semejantes?.
¿Qué hay detrás del discurso higienista que valoriza simbólicamente la blancura de la tez y la ausencia en la atmósfera de la propia presencia y la de nuestros semejantes?.
¿Qué significa ésta ansiedad olfativa que continúa ordenando la lucha contra la basura doméstica y legitimando los intentos simplificantes del miasma?.
Esto solo traduce una obstinación antigua y actualiza una vieja tendencia en contra de la verdad del individuo que, al igual que en su alma, tiene en su cuerpo “sus emuntorios siempre humeantes”
Como si sufriéramos de hiperestesia pretenderemos descubrir qué apuestas sociales se esconden tras la mutación de los esquemas de apreciación y los sistemas simbólicos de la mundial campaña de la desodorización en la sociabilidad y los ritos de la vida cotidiana.
Como si sufriéramos de hiperestesia pretenderemos descubrir qué apuestas sociales se esconden tras la mutación de los esquemas de apreciación y los sistemas simbólicos de la mundial campaña de la desodorización en la sociabilidad y los ritos de la vida cotidiana.
Ha llegado la hora de volver a considerar esta histórica batalla de la percepción y descubrir la coherencia de los sistemas de imágenes que presidieron su desencadenamiento.
Por qué fundamentar la elipsis olfativa cuando fue el aura seminalis del sacerdote continente o del celador, soltero abstinente, el leitmotiv en la literatura romántica?. Por qué olvidar las desdichas de Don Juan extraviado por el odor di femina de Elvira?. Olvidar por qué Fausto enloquece a las mujeres del palacio? Cuál es la razón del descrédito si la misión del olfato-centinela reviste una gran importancia; vanguardia del gusto, nariz delatante del veneno en ésta atmósfera-cisterna?
Por qué fundamentar la elipsis olfativa cuando fue el aura seminalis del sacerdote continente o del celador, soltero abstinente, el leitmotiv en la literatura romántica?. Por qué olvidar las desdichas de Don Juan extraviado por el odor di femina de Elvira?. Olvidar por qué Fausto enloquece a las mujeres del palacio? Cuál es la razón del descrédito si la misión del olfato-centinela reviste una gran importancia; vanguardia del gusto, nariz delatante del veneno en ésta atmósfera-cisterna?
Nuestra cotidianeidad se desarrolla en una mezcla insondable (parecido a nuestro entramado social y sentimental) que nunca podremos desenmarañar. Teatro de extrañas fermentaciones, partículas sudorosas, mezcla mortificante y muchas veces objeto de temibles escarmientos. Todo esto es un conjunto de evidencias dentro del cual se enraíza esta vigilancia atmosférica a la que tendemos en nuestra esfera más íntima.
No es cuestión de duda para nadie que el aire mantenga en suspensión las sustancias que se desprenden de los cuerpos. La atmósfera-cisterna se carga de emanaciones telúricas, de transpiraciones vegetales y animales. El aire de un lugar es un caldo espantoso donde se mezclan humores, azufres, vapores acuosos, volátiles, oleosos, salinosos que se exhalan por los poros, la saliva, la orina, hasta de los minúsculos insectos y sus huevos, de animálculos espermáticos y lo que es peor, los miasmas contagiosos que surgen de los cuerpos.
Cada parte orgánica del cuerpo vivo tiene su manera de ser, actuar, sentir y moverse; cada una tiene su sabor, su estructura, su forma interior y externa; su olor, su peso, su modo de crecer.
También, cada órgano “no deja de derramar a su alrededor, en su atmósfera, en su entorno, ciertas exhalaciones, un olor, emanaciones que han tomado su tono y sus maneras; que son, verdaderas partes de sí mismo. El hígado tiñe con su bilis todo lo que lo rodea, los músculos contiguos al riñón exhalan un olor vinoso. En fin, los humores, verdaderos laboratorios, transportan permanentemente un “vapor excrementoso” de olor fuerte, que atestigua la purificación, la reparación incesante del organismo.
Esta purga termina por eliminar todas las excrecencias, efluvios pútridos, productos de la menstruación, sudores, orinas y materiales fecales. Sí! Y con riesgo a repetirnos, el individuo, al igual que en su alma, tiene en su cuerpo “sus emuntorios siempre humeantes” La vida sería imposible si un equilibrio no se instaurara entre el aire externo y el interno, equilibrio precario restablecido sin cesar por los eructos, los ventoseos, el rascamiento de los poros, etc.
El olor de los órganos y de los humores, más o menos cargados de los productos de la purificación, se exhala a través de los emuntorios, éstos son siete, todos ellos notables por su olor. Los exponemos sin el ánimo, usualmente reputado a Ediciones, de ridiculizar el estado humano: la parte peluda de la cabeza, los sobacos, los intestinos, la vejiga, las vías espermáticas, las ingles y los intersticios entre los dedos de los pies
Es así como, contrariamente al oído y la vista cuya obsesión se funda sobre un prejuicio platónico reverberante, reafirmado sin cesar, el descalificado sentido del olfato es asociado a repugnancias y escándalos internos y penetrantes.
Sin embargo, desde la Antigüedad, los médicos no cesan de repetir que, de todos los órganos de los sentidos, la nariz es la más próxima al cerebro, y en consecuencia al “origen del sentimiento”. Entonces el olfato constituye un empeño permanente de introspección.
Más que el “choque fugaz” que revela la coexistencia del yo y el mundo, el olfato espía las variaciones paralelas del ser íntimo y del paisaje oloroso. La gama olfativa de las horas, los días y las estaciones acompaña la meteorología interna (Así lo hicieron patente Rousseau, Balzac, Maine de Biran, entre otros)
La experiencia individual revelada por algunos poetas se convierte pronto en verdad científica: el olfato es el sentido de los “tiernos recuerdos” según el Diccionario de las Ciencias Médicas. La reminiscencia olfativa tritura extrañas sensaciones que arrancan el velo establecido entre corazón y pensamiento; borra la distancia que separa el pasado del presente y conduce a la melancolía del never more dentro de la toma de conciencia de la unidad del yo.
Detrás del olfato existe el surgimiento de una memoria compleja que contrasta con la sencillez de nuestras más comunes evocaciones. Esto es claro en Madame Bovary, en Balzac en las dos líneas de Louis Lambert, Baudelaire en su eternidad del perfume; en Zola quien olía realmente mal.
Y sin embargo, la desodorización burguesa supone riqueza, olvidando el papel de los olores en el despertar de la sensualidad. Todo lo que sabemos de la sexualidad popular del siglo pasado lo obtenemos de burgueses refinados y mal colocados para comprender las pulsiones de los que no comparten su asco.
El comportamiento escatológico está asociado al instinto y lo que ha sucedido tras la batalla de la desodorización, que comenzó primeramente con la intolerancia de las tan comunes viviendas insalubres, llega hasta la desodorización del lenguaje acometida desde principios del siglo XVII, donde la injuria llevaba el ritmo de vida, en infinidad de imágenes que evocaban la suciedad y que agobiaba a las clases dirigentes con su lenguaje “puro del Rey”.
El bajo lenguaje, el sitio de la porquería verbal (Pierre Bourdieu – la distinction), la escatología del Carnaval terminan echando fuera la basura hasta en su simulacro verbal. Así, al tirar sus inmundicias simbólicamente, no se hace sino lanzar un reto al que evita el contacto, porque cuando se aparta de su inmundicia se reconforta mediante el gesto y el habla su propio estatuto sobre lo excrementoso.
De ésta manera, hoy se nos ha hecho imposible, en tan poco espacio, plasmar el complicado misterio del olfato. Pero toda ésta larga evolución ha hecho que olvidemos la importancia del olor individual y la ansiedad que generan los olores del prójimo; la simpatía la antipatía, el contagio o la infección. Los efluvios del prójimo dentro de la cohesión viva de dos seres mediante innumerables partículas semejantes como se leía en la erotika biblio.
Olisquear, husmear, dar pruebas de agudeza olfativa, preferir los densos olores animales, reconocer el papel erótico de los olores del sexo, es una actividad constante, muchas veces inconsciente y negada de nuestro ser.
Por todo lo anterior, aún hay quienes recuerdan cálidamente el olor del rostro de su ser más querido. Dentro del abanico social, la fobia por los contactos inoportunos y los olores indiscretos dejan al descubierto la existencia de seres neuróticos que prefieren disfrutar de sus colecciones insustanciales arriesgándose a la asfixia en contra a la voluntad global de repulsa. Es hora de hacer nuestra propia disección de lo cotidiano, esperándo alcanzar l´élixir de longue vie dentro del sabio cálculo de los mensajes corporales. Bienvenida sea la anoxia.
Sinceramente,
Dr. Volta.
Esta purga termina por eliminar todas las excrecencias, efluvios pútridos, productos de la menstruación, sudores, orinas y materiales fecales. Sí! Y con riesgo a repetirnos, el individuo, al igual que en su alma, tiene en su cuerpo “sus emuntorios siempre humeantes” La vida sería imposible si un equilibrio no se instaurara entre el aire externo y el interno, equilibrio precario restablecido sin cesar por los eructos, los ventoseos, el rascamiento de los poros, etc.
El olor de los órganos y de los humores, más o menos cargados de los productos de la purificación, se exhala a través de los emuntorios, éstos son siete, todos ellos notables por su olor. Los exponemos sin el ánimo, usualmente reputado a Ediciones, de ridiculizar el estado humano: la parte peluda de la cabeza, los sobacos, los intestinos, la vejiga, las vías espermáticas, las ingles y los intersticios entre los dedos de los pies
Es así como, contrariamente al oído y la vista cuya obsesión se funda sobre un prejuicio platónico reverberante, reafirmado sin cesar, el descalificado sentido del olfato es asociado a repugnancias y escándalos internos y penetrantes.
Sin embargo, desde la Antigüedad, los médicos no cesan de repetir que, de todos los órganos de los sentidos, la nariz es la más próxima al cerebro, y en consecuencia al “origen del sentimiento”. Entonces el olfato constituye un empeño permanente de introspección.
Más que el “choque fugaz” que revela la coexistencia del yo y el mundo, el olfato espía las variaciones paralelas del ser íntimo y del paisaje oloroso. La gama olfativa de las horas, los días y las estaciones acompaña la meteorología interna (Así lo hicieron patente Rousseau, Balzac, Maine de Biran, entre otros)
La experiencia individual revelada por algunos poetas se convierte pronto en verdad científica: el olfato es el sentido de los “tiernos recuerdos” según el Diccionario de las Ciencias Médicas. La reminiscencia olfativa tritura extrañas sensaciones que arrancan el velo establecido entre corazón y pensamiento; borra la distancia que separa el pasado del presente y conduce a la melancolía del never more dentro de la toma de conciencia de la unidad del yo.
Detrás del olfato existe el surgimiento de una memoria compleja que contrasta con la sencillez de nuestras más comunes evocaciones. Esto es claro en Madame Bovary, en Balzac en las dos líneas de Louis Lambert, Baudelaire en su eternidad del perfume; en Zola quien olía realmente mal.
Y sin embargo, la desodorización burguesa supone riqueza, olvidando el papel de los olores en el despertar de la sensualidad. Todo lo que sabemos de la sexualidad popular del siglo pasado lo obtenemos de burgueses refinados y mal colocados para comprender las pulsiones de los que no comparten su asco.
El comportamiento escatológico está asociado al instinto y lo que ha sucedido tras la batalla de la desodorización, que comenzó primeramente con la intolerancia de las tan comunes viviendas insalubres, llega hasta la desodorización del lenguaje acometida desde principios del siglo XVII, donde la injuria llevaba el ritmo de vida, en infinidad de imágenes que evocaban la suciedad y que agobiaba a las clases dirigentes con su lenguaje “puro del Rey”.
El bajo lenguaje, el sitio de la porquería verbal (Pierre Bourdieu – la distinction), la escatología del Carnaval terminan echando fuera la basura hasta en su simulacro verbal. Así, al tirar sus inmundicias simbólicamente, no se hace sino lanzar un reto al que evita el contacto, porque cuando se aparta de su inmundicia se reconforta mediante el gesto y el habla su propio estatuto sobre lo excrementoso.
De ésta manera, hoy se nos ha hecho imposible, en tan poco espacio, plasmar el complicado misterio del olfato. Pero toda ésta larga evolución ha hecho que olvidemos la importancia del olor individual y la ansiedad que generan los olores del prójimo; la simpatía la antipatía, el contagio o la infección. Los efluvios del prójimo dentro de la cohesión viva de dos seres mediante innumerables partículas semejantes como se leía en la erotika biblio.
Olisquear, husmear, dar pruebas de agudeza olfativa, preferir los densos olores animales, reconocer el papel erótico de los olores del sexo, es una actividad constante, muchas veces inconsciente y negada de nuestro ser.
Por todo lo anterior, aún hay quienes recuerdan cálidamente el olor del rostro de su ser más querido. Dentro del abanico social, la fobia por los contactos inoportunos y los olores indiscretos dejan al descubierto la existencia de seres neuróticos que prefieren disfrutar de sus colecciones insustanciales arriesgándose a la asfixia en contra a la voluntad global de repulsa. Es hora de hacer nuestra propia disección de lo cotidiano, esperándo alcanzar l´élixir de longue vie dentro del sabio cálculo de los mensajes corporales. Bienvenida sea la anoxia.
Sinceramente,
Dr. Volta.










Sólo quienes entienden que es necesario sentir el menor interés por vivir han comprendido que la necesidad y la ambición son los motores fundamentales de la fugacidad de las sensaciones y de lo efímero de los sentimientos, características básicas del pensamiento mundano que constantemente amenazan con la defraudación de la expectativa que hace surgir una determinación acerca de una postura individual al interior de una relación cercana: el precario sentido que rápidamente se forma con la indulgencia desenfrenada de las pasiones y con la extirpación autocomplaciente de las culpas se esfuma entre los dedos de quien, movido por la estupidez y por la deslealtad propias del mezquino y obtuso común denominador, ha sido deslumbrado por el espejismo del espectáculo vulgar de salidas fáciles que ofrecen a precios módicos una emulación triste y deformada de la felicidad o una tajante estafa remedo de paliativo. En últimas, esta plausible falta de carácter y entereza no es más que una traición al propio 'yo', la imposición de una falsa personalidad sobre una ausencia de personalidad que aplaca en forma mediocre aquella angustia impostergable, compuesta por el aburrimiento y la desazón constantes que son pulsión fundamental de vida: la fuente de la luz que nos hace seres repetibles pero con defectos particulares de fabricación cede a la oscuridad de una experiencia sensorial perpetuada sin interés serio ni legítimo, obligándonos a ser partícipes de una denigrante deformación de la humanidad en el concepto de 'persona'. Cuando la liberación de los instintos básicos parecía ser la consigna de la auténtica emancipación, hoy en día esa satisfacción sensorial ha degenerado en una subyugación subjetiva casi anhedónica, contraria a la identidad. Los individuos han dejado de encontrar significado en sus deseos y aspiraciones debido a la represión que ejerce la materialización de la emotividad, que impunemente ha logrado permear cada estamento de la cultura, desconociendo que esa emotividad sólo puede ser aprehendida en instantes mínimos en los que conocemos la verdadera belleza: la belleza de ser idea.
El oro siempre será el oro. Sin embargo, ¿son el mismo oro el de coronas y museos y el de bóvedas y bancos? Hay en el mundo algunas cosas cuyo blasón honra la pátina de la Historia: son aquellas cosas susceptibles de valor simbólico. El valor simbólico, único verdadero producto social, al que nuestras manos e imaginarios se entregan con placer y sin saberlo, es sin lugar a dudas la fuente de la belleza de este mundo. Sin él, la humanidad es tan grotesca como una toalla higiénica de 5 millones de años o semen en un lavamanos.
Una guía práctica de Ediciones Clínicas para aquellos maduritos con síndrome de James Dean agravado por la geriatricidad y la ridiculez desaforadas:

